Cómo ayudar a tu hijo cuando está enfermo

Hay un niño enfermo. Hoy después de muchas vueltas y muchas pruebas sale junto a sus padres de la consulta médica con un diagnóstico. Siempre con la esperanza de que fueran buenas noticias y de que todo quedase en susto. Pero se trata de un diagnóstico duro para el niño y para los padres. Un diagnóstico que preocupa y aterra. ¿Cómo se sobrevive a eso?

 Los niños se ponen enfermos

Las personas nos ponemos enfermas. No se trata de diferenciar entre niños o adultos si no de entender que enfermar entra dentro de lo humano, de lo natural. Lo que ocurre es que ver a un niño sufriendo tiene un componente emocional tan fuerte y tan intenso que el dolor se multiplica.

Unos padres que ven a su bebé con dificultades para respirar, con fiebre, con vómitos, con una infección o con cualquier otro síntoma que indique que algo no “marcha bien”, son unos padres que sufren con su hijo, que le acompañan en su dolor. Unos padres que ven a su hijo tener dolores intensos de tripa, de cabeza o de muelas son unos padres que no descansan de preocupación. Recuerdo a una madre diciendo haber sufrido más con la fiebre de su hijo que con su propia apendicitis.

 Ponerse enfermo no es cuestión de edad

Cuando pensamos en tener un hijo, no entra en nuestros planes que se ponga enfermo.  O al menos, no más de lo habitual. Pero ocurre. Y generalmente pasado un tiempo se recuperan. En ocasiones incluso antes que los adultos, pero que les veamos jugar o que nos parezca que se recuperan antes no significa que sientan menos si no que lo exteriorizan de forma diferente y acorde a sus necesidades.

 ¿Qué le ocurre a un niño cuando enferma?

Un niño enfermo es un niño que se siente vulnerable, que no conoce el proceso por el que está pasando tal y como lo conocemos los adultos. Un niño enfermo  necesita descanso, necesita compañía. Necesita a su Mamá y a su Papá que le expliquen, que le entiendan, que le quieran. No necesita que le demos una dosis de dalsy o apiretal para ir al colegio. Un niño enfermo necesita estar en casa -o en el hospital si así lo indica el equipo médico-.

Cuando nos ponemos enfermos el cuerpo se centra en recuperar la salud. Nuestro estado emocional se resiente y se vuelve vulnerable porque no sentirse físicamente bien lo condiciona. La salud física y emocional van unidas “de la mano” por lo que si quieres ayudar a que su estado emocional mejore no debes descuidar la parte física.

Dar a un niño una dosis de jarabe para ir a la calle o bajar al parque porque como está con el efecto analgésico está jugando, no es cuidar su inteligencia emocional ni resolver el problema si no taparlo o agravarlo. Cuando las defensas trabajan al máximo rendimiento no conviene agotarlas si no cuidarlas.

Un niño enfermo necesita estar descansando o jugando en su entorno seguro, donde se le quiere y se le entiende como en ningún sitio y donde se le da esa dosis extra de mimos que necesita para afrontar el proceso de la mejor forma posible.

 ¿Y después qué?

La mayoría de los niños se recuperan pasados unos días retomando sus rutinas diarias. Pero hay niños y familias que tienen que aprender a vivir de forma diferente a como lo hacían antes, o que deben enfrentarse a un largo proceso con un final incierto. Para todos esos valientes que deben pasar por un proceso, porque lo que iba a ser ya no será o será de otra forma diferente, mi convicción de que los puentes y las conexiones emocionales que abrazan y sujetan ayudan a soportar mejor el dolor. Es importante no sentirse sólo y rodearse de personas que ayuden  y que entiendan.

 Los padres

Los padres somos los responsables directos de los niños. Escuchar un diagnóstico que no queremos oír porque no creemos estar preparados para soportar tanto dolor, puede pasar por las mismas fases de duelo que supone una pérdida. Tener sentimientos de negación, de enfado, de negociación con uno mismo y con el entorno, de tristeza o angustia forman parte de un proceso natural que implica pasar por ellos para llegar a la aceptación.

Pero cuando un hijo está enfermo, en ocasiones no tenemos tiempo de pasar por todas las fases de la misma manera, porque tenemos una responsabilidad grande que pasa por ayudar a nuestro hijo a elaborar su nueva situación. Por muy duro que sea el proceso, recuerda que un niño que juega es un niño feliz y que se puede afrontar la enfermedad llorando o jugando, o llorando y jugando. No dejes de jugar  con él todo lo que puedas. Le estarás alegrando la vida.

 El niño

Tú eres su bastón, eres su guía, eres lo más importante de su vida. Ayúdale a ser resiliente  y cuéntale lo que le pasa adaptando la información que tienes a su edad. Dale herramientas que le permitan saber lo que le pasa y anticiparse al momento. Le estarás dando estrategias para prevenir el miedo y para sentirse fuerte ante la enfermedad. No temas si te ve llorar poque exteriorizas lo que sientes, pero tampoco tengas miedo de sonreír. Regála sonrisas. 

¿Y ahora qué?

Acepta lo que está ocurriendo porque le estarás ayudando a aceptar lo que le sucede y sobre todo, no te rindas. Háblale, dile que es fuerte y que no está sólo. Mantenle ocupado leyendo, construyendo, bailando o cantando pero sobre todo jugando, compartiendo momentos. Haz planes con él, transmíte ganas de vivir y de seguir adelante. Enséñale a mirar hacia delante. Ayúdale a reinventarse.

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