El niño que espera, desespera. ¿Y si eso se pudiera cambiar?

enseñar a espera

En el supermercado había dos mujeres hablando. Junto a ellas, estaba un niño de unos cuatro años que no paraba de decir en tono casi robótico: “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”… Tranquilamente ha podido repetirlo unas veinte veces. No es la primera vez que ocurre una escena similar con un niño que repite insistentemente: “quiero agua”, “quiero agua”, “quiero agua”, “quiero agua”, “quiero agua”, “quiero agua”, mientras su padre está hablando con alguien. Ni siquiera “¿me das agua por favor?”, sino “quiero agua”.

Generalmente, los niños que actúan así, lo hacen mecánicamente hasta que se les atiende. Lo hacen como quien echa la caña para pescar o quien echa una moneda en una máquina tragaperras, porque no saben en qué momento van a recibir la recompensa del pez, de las monedas, o de la atención en el caso del niño. Como esta estrategia es la que conocen y les funciona, pues, en algún momento han recibido la atención que solicitaban, los niños tienden a repetirlo como un “disco rayado”. Esto es algo que puede llegar a ser agotador tanto para el adulto como para el niño, que no sabe en qué momento recibirá la atención que demanda.

Actuando de este modo, se está favoreciendo el “aquí y ahora”, esto es, que el niño quiera las cosas en el momento y no sepa esperar. Y aunque esto puede llegar a parecer anecdótico con cuatro años, lo cierto es que no lo es. Los niños tienen que aprender a esperar. Esta es una habilidad que se aprende, y para ello, hay que enseñarles. ¿Y cómo se enseña a esperar?

Conviene empezar alrededor del año, o incluso un poco antes, dependiendo del niño. Hay una gran diferencia entre correr cada vez que quieren algo, y darle las cosas priorizando. Es decir; no es lo mismo atenderle enseguida en un caso de atragantamiento, en el que verdaderamente hay que correr porque se trata de un riesgo vital, que dejar de hacer absolutamente todo, y de forma inmediata, porque quiere echar pasta de dientes en el cepillo para mostrarnos su autonomía, que está muy bien, pero son dos situaciones diferentes.

Hay que enseñarle al niño que los padres tenemos responsabilidades y tareas que hacer. Por ejemplo, el hecho de hacer las camas con un niño de un año, puede llegar a ser una tarea larga porque, al principio, puede requerir varias interrupciones, ya que, lo normal es que ese niño nos esté demandando jugar con él. Y nosotros, podemos estar deseándolo también, pero la cama no nos la hace nadie por lo que conviene decirle al niño: “si cariño, yo también quiero jugar contigo, pero primero tenemos que hacer la cama para que la casa esté bonita y ordenada. ¿Me quieres ayudar?”. Es posible que quiera, en cuyo caso es recomendable reforzarle diciendo que estás muy contenta de que te ayude y que la está haciendo muy bien. En el caso de que no quiera, es conveniente decirle que tiene que esperar un poco a que la hagas y que cuando termines de hacer la cama jugaréis juntos.

Este es un trabajo de fondo que hay que ir entrenando, pues no se debe pretender hacer la cama sin interrupciones tras tres días poniendo en práctica esta estrategia. Enseñar a esperar, requiere constancia pero se consigue. Otro ejemplo es si estamos cocinando y nos pide agua. No se trata de dejar a todo correr la patata que estamos pelando, pero se debe acompañar la acción con palabras como: “¿tienes sed cariño? Has pedido muy bien, pelo la patata y te doy agua”. De este modo, el niño sabrá que se le ha escuchado, y cuándo se le va a resolver su demanda. De forma que con cuatro años, cuando su madre se encuentre con la vecina y el niño le diga: “mamá”, ella le pueda responder: “espera un poco cariño que enseguida te atiendo”, el niño esperará tranquilamente el tiempo prudencial para que su madre pueda acabar la tarea que está haciendo.

Es importante tener en cuenta que no hay que hacer esperar por esperar, pues entre enseñar y fastidiar hay una gran diferencia (ver No le hagas llorar, se hará más fuerte). También conviene ser riguroso con los tiempos porque no podemos pretender que un bebé nos espere mientras limpiamos baños, hablamos por teléfono, cocinamos y organizamos la ropa. El tiempo de espera, siempre debe ser equilibrado y con sentido común. Así por ejemplo, si estamos sirviendo la comida y el niño pide pan, no es conveniente dejar de servir para darle pan, porque estaremos ante un niño que con dieciséis años nos pedirá dinero y tendrá que ser al instante. Es más educativo decirle: “si cariño, termino de servir las lentejas y te doy un trozo de pan, ¿lo quieres grande o pequeño?”. De este modo, introducimos un distractor, de forma que mientras piensa en el tamaño del pan, al niño se le hace más fácil la espera.

Aplicando estas estrategias, cuando sean adultos, serán personas pacientes y no impulsivas, de modo que no les generará frustración el hecho de tener que esperar la cola del supermercado para pagar o que tarden en darnos una respuesta. Como padres, tenemos una responsabilidad y está en nuestras manos utilizar las herramientas que conocemos para hacerlo lo mejor posible.

¿Qué hacéis en este tipo de situaciones? ¿Os ha ocurrido alguna vez? ¿Como las solucionáis?

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6 comentarios

  1. Buenos días, cuando leí ayer este artículo me gustó mucho y pensé que me habría venido muy bien hace 4 años, porque soy de las madres que tardan un segundo en atender a mis hijos cuando solicitan algo y es agotador. Con este perfil de madre, agradecería alguna pauta para ayudar a mis hijos desde du edad (3 y 5 años), para encontrar el camino hacia la espera/paciencia. Muchas gracias.

    1. Hola Carolina!!
      El ser complaciente es una forma de demostrar amor hacia nuestros hijos. Por eso es relativamente fácil que cuando nacen corramos a atenderles en cuanto nos demandan, lo cual es necesario. Pero si que es verdad, que alrededor del año aproximadamente, conviene ir adaptando nuestra respuesta a sus demandas por su bienestar. Yo soy de las de atender enseguida cuando es necesario. Es importante crear una escala de prioridades para hacerlo bien.

      En cuanto a cómo reconducir a tus hijos con esa edad, en principio las pautas pueden servirte, pues es preciso empezar de forma paulatina para que no noten un cambio brusco en tu forma de tratarles y de estar con ellos. También puedes utilizar algún cuento “de voz” que inventes al acostarles en el que haya algún animal de protagonista, pues esto les encanta, por ejemplo un oso que tenga que aprender a esperar que pase el invierno para jugar.

      Seguro que lo consigues. Mucha suerte y gracias por tu comentario.

  2. Hola Izaskun, he leído ya 2 de sus artículos y me han gustado mucho, me gustaría ponerme más directamente en contacto con usted,ojalá que atienda mi petición, gracias espero su respuesta.

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