Dónde y cómo poner los límites

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El modo de poner un límite, puede ser tan difuso, que podemos pasar de un lado a otro sin darnos cuenta que en la educación emocional de nuestros hijos, todo cuenta.

Los límites que implican un riesgo vital, no suelen generarnos ninguna duda, porque es evidente que no se salta por la ventana para bajar a la calle, ni se bebe lejía para merendar, ni se utiliza el hacha para cortarnos las uñas. Son cosas tan claras, que no nos planteamos que puedan ser de otra forma.

Tampoco los límites cívicos, en los que los padres, dejamos claro que no es correcto pegar a un compañero, robar una bicicleta o escupir en el asiento del autobús, suelen producirnos dudas. Es algo que tendemos a ver con tal seguridad, que el límite lo ponemos justo donde debe estar.

Sin embargo, con las normas familiares, a veces surgen conflictos. Esto ocurre porque el modo de situarnos ante ellas no es tan contundente como en los casos anteriores, sino que estamos más relajados o difusos, confiando en que no habrá “motines”. Pero a veces surgen de forma sutil cuando ante la pregunta: ¿Me ayudas a poner la mesa?”, la respuesta es: “¡Jo, es que quería jugar al barco pirata!”. En cuyo caso, somos capaces de “cruzar” esa barrera y permitir que el niño juegue un poco más, mientras nosotros realizamos la tarea.

Este puede parecer un hecho sin trascendencia, y de hecho, si ocurre de forma puntual y así se le hace saber al niño, lo es. El problema puede venir si esto se convierte en hábito, ya que, no estaremos marcando los límites de forma adecuada, sino difuminándolos, lo que ni facilita la convivencia, ni aporta al niño la seguridad que necesita.

Las consecuencias no son sólo para esta situación, sino también para las sucesivas, lo que puede acarrear un posterior enfrentamiento directo con una respuesta tajante como: “No voy a ir, estoy jugando”, claro ejemplo, en que el niño, ha “derribado” la barrera de “aquí colaboramos entre todos” y la del respeto a los padres y a las normas, que es mucho más importante.

Cuando ante una petición explícita como esta, el niño pide jugar, tendemos a valorar como opciones, dejarle que siga jugando sin colaborar o cortar directamente el juego para pedirle que ayude. Sin embargo, se podría haber buscado una respuesta intermedia, más beneficiosa, en la que se animase al niño a contribuir a la dinámica familiar: “vamos a ponerla muy rápido, para que te dé tiempo a jugar un poco más, antes de que sirva la cena”. De este modo el límite sigue estando presente porque se cumple la norma de poner la mesa, es decir, no nos lo saltamos y el niño lo ve cómo una oportunidad de poder tener tiempo de ocio sin descuidar las obligaciones. Esto es algo que debe de aprenderse desde niños para poder gestionarlo de forma correcta durante toda la vida.

Debemos tener en cuenta que la educación de nuestros hijos, es día a día, y que ser permisivos con los límites básicos, es emocionalmente saludable cuando se hace de forma puntual y con consentimiento paterno, como ese día en que estamos comiendo en casa de los abuelos, y se les deja abusar de gominolas y helado aunque no hayan comido los platos anteriores con fundamento.

Cuando un niño salta la barrera de los límites de forma habitual, es porque hay unos padres que lo consienten, y esto fomentará que a medio y largo plazo, nuestros hijos sean transgresores, poco respetuosos y con tendencia a la tiranía. Es preferible presentar y consensuar las normas a medida que van creciendo para facilitar que las interioricen y sean respetuosos con ellas.

Los límites, ayudan a que nuestros hijos se sientan más seguros y a que diferencien lo que es correcto y adecuado de lo que no lo es. Esto es algo que les quedará impreso toda la vida y que les permitirá ser resolutivos y eficaces ante situaciones nuevas que les produzcan inseguridad, porque sus puntos de referencia serán sólidos y fuertes.

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20 comentarios

  1. Hola Izaskun;
    La verdad que poner los límites es tremendamente complicado, pero das buenas herramientas y consejos para poner en práctica. Me gustaría escucharte algún día en directo en alguna charla.

  2. Los límites son totalmente necesarios, cada una tenemos que ver donde ponerlos, pero hay que hacerlo. Criar sin ellos a la larga es negativo porque no les estas haciendo ningun favor. Cuando quiero o necesito que haga algo, no le doy opción, no le pregunto si quiere hacerlo. Mi marido tiene la costumbre de preguntarle si quiere comer, por ejemplo. Y yo le digo que no le pregunte, se le dice: vamos a comer. Porque si le preguntas, va a decir que no, y luego me como yo el pollito para hacer que se siente. O para ponerse abrigo, si hace frio, veo absurdo preguntar si se lo quiere poner jajaj. En fin esto de los limites es un mundo..da para muchos post.

  3. Hola Sra. Jumbo!!
    Una estrategia muy interesante y eficaz, sin duda. Es verdad, que siempre que sea posible, dar opciones es bueno, pero hay momentos en los que debemos mostrar el camino correcto sin proponerlas. Gracias por tu comentario, un abrazo!!

  4. Pues sí que tienes razón, ponemos límites claros a algunas cosas, pero en otras no nos mostramos tan contundentes… Y llega el día que sufres un motín 😉 Yo igual que la Sra.Jumbo para según qué cosas no les pregunto, no les doy opción. Mi marido, igual que el de ella, sí que lo hace. Y muchas veces se encuentra con una respuesta negativa rotunda. Y ahí ya se complica todo. ¡Un abrazo!

    1. Hola!!
      Si, hay ocasiones en las que está muy bien preguntar pero cuando tenemos muy claro que hay que ir a la calle…es mejor no preguntárselo por si acaso. Se trata de que ellos estén bien, porque también así se nos facilitan las cosas. Un abrazo y gracias por pasarte!!

  5. Por desgracia muchisimas veces se pasan los limites cuando se tiene un niño con TDAH y eso no es nada fácil para ninguna de las partes , ya sean lo spadres o el niño…este es nuestro caso y el se porta muy ,muy bien es respetuoso con su entorno , excepto con nosotros a veces, en fín todo un mundo…

    1. Hola Juan!!

      Cada caso es un mundo, eso desde luego. Lo que es positivo, es que saque su malestar en casa, porque es su entorno seguro y donde se siente querido de forma incondicional. Eso es lo sano, aunque a veces pasemos por momentos delicados. Un abrazo y gracias por tu comentario!!

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