¿Es buena la competitividad en los niños?

Tengo un hijo que en los juegos siempre quiere ganar y que no concibe que perder sea una opción. Es muy competitivo. Quisiera saber si es bueno que lo sea y si debo de ayudarle de alguna forma para que esté mejor.

Tener un hijo que siempre busca ganar, puede hacer gracia. Pero si cuando juega en el patio del colegio, no tolera perder o no es capaz de terminar sin incidentes una partida al parchís, y esto le genera un problema, conviene ayudarle para que lo pueda superar.

Los niños competitivos son niños que se exigen mucho y que buscan dar lo mejor de sí mismos para lograr un buen resultado. Son niños que disfrutan cuando ganan o las cosas les salen como quieren, pero que no aceptan bien una derrota. Cuando sienten que han perdido, sufren, se disgustan y se frustran.

Consecuencias

La competitividad en exceso no es buena porque genera problemas. Un niño competitivo, es un niño que vive en un stress continuo. Es un niño que se exige de forma constante y que busca tanto la perfección, que asocia su bienestar a que las cosas le salgan como tiene previsto.

Pero no siempre todas las variables “conectan” como se quiere por lo que su autoestima se suele ver comprometida y debilitada en numerosas ocasiones. Los niños competitivos suelen presentar una baja tolerancia a la frustración y una baja autoestima condicionada a sus resultados.

Cómo se favorece el exceso de competitividad

Un niño comienza a jugar desde que nace. Sin embargo, no es hasta pasado el año, cuando comienzan los juegos en los que la competitividad puede hacer sus primeras apariciones. Generalmente, no nos damos cuenta de que con nuestra propia actitud, “cultivamos” un niño que viva la competitividad como frustración o disfrute.

Si cuando interactúamos con un niño, le estamos educando en el “a ver quién gana”, “a ver quién llega antes” o “a ver quién se pone antes la chaqueta”, estaremos enseñando al niño que ganar es importante. Le estamos enseñando que quién gana es mejor, y le estamos poniendo un peso sobre sus hombros que no está preparado para llevar.

Si cuando jugamos a cartas con él y pierde, nos regodeamos -en un intento por lograr que desarrolle una mayor tolerancia a la frustración-, estaremos logrando el efecto contrario. Nuevamente le estaremos transmitiendo que lo importante no es el juego si no la victoria.

Una crianza basada en la competitividad que genera “a ver quién se sienta antes a la mesa” o “a ver quién termina antes de comer”, produce la sensación de estar viviendo en una competición constante y produce en el niño un estado de alerta y stress innecesario y poco adecuado.

Cómo fomentar una competitividad sana

La competitividad sana es la que enseña a los niños a disfrutar con el juego y no con la victoria. Es la que enseña que el resultado es el final del juego, y que se puede disfrutar ganando pero también pasarlo bien cuando se está perdiendo. Si cuando estamos jugando al parchís nos comen una ficha, como adultos, podemos hacer un “drama” exagerando el disgusto pero sería una forma de enseñar que eso es lo correcto. Si te comen una ficha, evita hacer teatro, enséñale a reírte y a verlo como un obstáculo a superar.

Si subes al monte con tu hijo, valora su esfuerzo. Enséñale a disfrutar del camino, no sólo de la llegada a la cima. Enséñale que cuando algo no sale como esperamos, lo que nos muestra es el aspecto a reforzar, nos expone lo que podemos mejorar. Si en tu día a día algo no sale como esperas, házselo saber para que vea que no siempre se llega el primero, y que a pesar de eso, la vida sigue llena de colores y matices. Muéstrale cómo aprendes de tus errores.

Hazle saber que no se puede ser el mejor en todo, que habrá alguien mejor que él en alguna cosa y que también se puede disfrutar con el éxito ajeno. El resultado final no mide ni la valía ni el valor. Lo que de verdad importa es cómo hemos recorrido el camino. Lo que hemos disfrutado. Lo que hemos aprendido. Lo que hemos crecido.

Lo importante es llegar

Ser competitivo no es ser competente. Las competencias se adquieren aprendiendo a recorrer el camino. Disfrutando de los aciertos y mejorando con los errores. Un niño que ha desarrollado una competitividad sana, habrá aprendido a tolerar la frustración, y ante una adversidad sabrá crecer y salir adelante porque tendrá su energía centrada en la solución. Será un adulto que ante el ascenso de un compañero y no el suyo, sabrá sobreponerse sin sufrir y buscará su oportunidad. Sin pisar, sin patalear, sin causar desequilibrio.

En resumen

Si vas a jugar con tu hijo, y aún no ha adquirido las normas del juego, o si está en clara desventaja por edad -como es el caso de jugar a pillar- puedes dejarle ganar en algún momento puntual. Pero si ya domina el juego no le dejes ganar a propósito. No le estarás haciendo ningún favor, si no entorpeciendo que aprenda a tolerar la frustración. Deja que haga su juego.

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