Y si hablamos de emociones… ¿Cuándo y cómo?

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Sabemos que las emociones son tan importantes como comer o dormir, pero nadie se pregunta a qué edad hay que comenzar a hablar a nuestros hijos sobre ellas, algo que no sucede con temas cotidianos como son el juego, la alimentación o el sueño. Las emociones forman parte de nuestra vida diaria. Cada instante puede llevar una carga importante de emociones, y a pesar de eso, aún nos planteamos si hay un momento idóneo.

Todo lo que aprendemos de niños, y que se habla con naturalidad, tiene la fuerza de instaurarse en nosotros de forma implícita, siendo una parte más de nuestra personalidad. Los bebés nacen con la capacidad de sentir ira, alegría, tristeza y miedo como respuestas innatas e instintivas a las situaciones que viven. Hacia los 2 meses aproximadamente, empiezan a sentir también sorpresa, vergüenza, amor y aversión. Todas ellas, conformarán las 8 emociones básicas del ser humano, y en la mezcla e interacción de todas ellas, se generará un “abanico” emocional que irán descubriendo a medida que pase el tiempo.

Los bebés sienten las emociones, pero aún no tienen la capacidad de saber qué significa cada una de ellas ni el modo en que estas, condicionan su comportamiento. Un bebé que esté sintiendo alegría, mostrará un semblante risueño, mientras que otro que esté situado en el miedo, tendrá una respuesta de llanto. Los padres, a través del afecto, podemos ser su “termómetro” para ayudarles a regular sus emociones, hasta que estos sean capaces de hacerlo por sí mismos.

¿Cómo puedo ayudarle con las emociones?

Servir de modelo a nuestros hijos, y acompañarles en el descubrimiento de sus propias emociones, poniendo palabras a lo que están sintiendo, ayudará a educar con inteligencia emocional. Acompañar las sonrisas de los niños con “¡qué contento estás!”, “¡qué alegría tienes!” y verbalizar “¡qué sorpresa cuando has visto el globo! ¿verdad?” o “¿te has enfadado cuando el niño te ha quitado la moto?”, es una forma de enseñarle a reconocer e identificar sus propias emociones.

Un bebé que crece escuchando a sus padres poniendo nombre a las emociones que estos sienten, sin intentar “protegerle” de ellas, y que ve sus caras cuando dicen que están tristes, alegres, enfadados, o que han sentido vergüenza, cuando tenga poco más de 1 año, será capaz de reconocer e identificar las emociones ajenas básicas con sólo mirar a la cara a las personas, lo que no sólo sentará las bases para fomentar la empatía, sino que le hará diferenciar con facilidad un entorno hostil de uno amigable, de modo que su activación emocional, sea la correcta para la situación que está viviendo.

El reconocimiento de las emociones se puede reforzar en cada cuento que leemos a nuestros hijos, si nos detenemos en los dibujos, y en las escenas vamos poniendo definición a la emoción que sienten los cerditos cuando les ataca el lobo, a lo que sienten los padres de Garbancito cuando han perdido a su hijo, a lo que siente Blancanieves cuando sabe que la bruja le quiere matar…

Todas las emociones se pueden entrenar a través de los cuentos y de las situaciones cotidianas de cada día, así como la evidencia de que puede haber ocasiones puntuales, en las que no sea posible identificarlas de forma correcta. La vida es cuestión de aprendizaje, por lo que dedicar tiempo y prestar atención al mundo emocional de nuestros hijos, es un regalo para toda la vida.

Crecer en un ambiente en el que se hable abiertamente de las emociones, es positivo, ya que le facilitará percibir emociones propias y ajenas, identificarlas, ponerles nombre y aprender a medida que crece, que las emociones son el motor de nuestros actos, y que el modo de situarnos en ellas, y de gestionarlas, nos posibilitará, tener una respuesta más adecuada y resolutiva haciéndonos sentir mejor.

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7 comentarios

  1. Me ha encantado el post, a veces olvidamos que los niños tienen emociones, y sienten como nosotros aunque no sepan dar nombre a algunos estados de ánimo. En el tema de emociones mis hijos son muy distintos. Ella es extremadamente sensible, pero muchísimo. Cuando llega del voluntariado siempre llora, por los niños enfermos llora menos porque tienen opciones de curación pero estas navidades pasó varios días malos porque estuvo con niños en riesgo de exclusión social y los veía tan pequeños y tan contentos recibiendo regalos usados, uffff, y ver que aunque ella les lleve regalos nuevos en el fondo su situación no va a cambiar es algo muy duro.
    Y desde luego estando ella no ponemos las noticias porque llora mucho con las muertes por violencia de género, los dramas de los refugiados…
    En cambio mi hijo, aunque es muy sensible y siempre lo fue, desde que murió mi padre el año pasado me oculta las emociones para que yo no me preocupe, lo que en el fondo hace que me preocupe mucho más. No me cuenta los problemas como siempre, si le insisto sí que los dice y yo intento mostrarme despreocupada para que me los cuente sabiendo que no me agobio porque yo no soy de agobiarme, pero claro, él me vio sufrir tanto que no quiere acrecentar mi dolor.
    De todas formas hay que hablar de sentimientos, es lo mejor que tenemos.
    Un besín y como siempre te solté un rollazo.

    1. Hola Marigem!!

      Tus palabras siempre son bienvenidas. La verdad es que somos muy diferentes. A pesar de haber crecido en un mismo hogar, el tipo de inteligencia de cada uno, también influye en la personalidad.

      En el caso de tu hija, veo que empatiza mucho con las emociones ajenas, por lo que probablemente tendrá una inteligencia interpersonal, lo que facilitará que conecte tanto con el sentir de otras personas. Por lo que cuentas, supongo que también tendrás preocupación y labor de madre cuando le ves llorar por el dolor ajeno.

      Tu hijo parece que intenta protegerte para no acrecentar tu dolor por la pérdida. En fin, poco a poco todo se supera. En cualquier caso, hablar de las emociones y de lo que se siente, siempre ayuda. Un abrazo y gracias por compartir tu experiencia!!

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