Hermanos, ¿tengo que educarles igual? Explicación rápida

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“Tengo dos hijos, y el mayor, me suele decir que no les educo igual, que no les quiero igual. No paro de repetirle que no es así, pero no parece que le sirva. ¿Qué puedo decirle?”

Es habitual que los hermanos tiendan a comparar  el modo en que les tratamos, en que nos relacionamos con ellos. Hay momentos en que rivalizan por los afectos, y esto les hace fijarse en hechos concretos de la vida diaria que no tienen por qué coincidir con sus vivencias o con la intensidad de sus emociones.

A lo largo de la infancia, hay situaciones que pueden parecerse entre lo que han sentido o vivido unos hermanos, pero lo cierto es que no se les educa igual. No se les debe educar igual. No si queremos hacerlo teniendo en cuenta su bienestar emocional y sus necesidades específicas.

No hay dos personas iguales, ni dos momentos iguales por lo que cada persona, cada niño, merece que demos lo mejor de nosotros en la búsqueda de su bienestar. Si pretendemos educar a dos hijos de la misma forma, el riesgo de equivocarnos es tan alto que no merece la pena el intento.

Educar igual implicaría que los dos tuvieran que hacer tenis los lunes a las 5. Pero no todos tenemos los mismos gustos, las mismas habilidades o preferencias. Así que si uno de los dos no quisiese y el otro sí, ya estaríamos ante un caso claro de educación emocional diferente, porque uno de ellos iría con agrado y el otro… no iría o iría sin ganas.

Si uno de los dos niños duerme de tirón y sólo desde que tiene un año y el otro aún necesita dormir  junto a su madre a pesar de que tiene cuatro años, estamos ante un caso claro de educación diferenciada.

Siempre que en lo que coincidan, pautemos igual, debemos darnos permiso para educar en la diversidad, para abordar lo específico. No educar igual no debe ser motivo de culpa, si no de orgullo, de saber que nos adaptamos a las demandas específicas de nuestros hijos.

¿Cómo se lo explicamos?

Uno de los errores más frecuentes es intentar buscar similitudes entre los hermanos. De forma, que podemos tender a decirles: “te portas igual que tu hermano”, “saltas como tu hermano”… Este planteamiento, es uno de los responsables de que interpreten que dos personas que se parecen, deben recibir un trato parecido. En realidad es de lógica aplastante, y más cuando hablamos de niños.

El modo de situarnos sería más acertado si a cada uno le hacemos ver la riqueza de sus diferencias.

¿Nos quieres igual?

Debemos enseñarles que el corazón tiene espacio para muchos tipos de afecto, y que se puede querer con la misma intensidad pero por diferentes cosas. Es posible que haya algunas que compartan, pero habrá otras muchas que no, y es importante que entiendan que se les quiere por cómo son, no por cómo podrían ser. Que se les quiere por quién son, no por quién podrían ser o por a quién se parecen.

Los niños necesitan entender que pase lo que pase estaremos con ellos, que les queremos ahora y siempre, y que en la diversidad está la riqueza, en las diferencias está la persona. Necesitan saber que les queremos por cómo son, con sus similitudes y sus diferencias. Esto les hará liberarse y les quitará carga en la “lucha” por los afectos.

¿Y cómo les educo si son hermanos?

Adaptando y reelaborando día a día. Buscando coincidencias en las similitudes para que ambos las cumplan como por ejemplo ayudar a poner la mesa y a retirar los platos después de cenar. Entendiendo que la base es la misma y que el respeto y la ducha diaria es igual para todos. Pero teniendo en cuenta que si uno de tus hijos tarda media hora en hacer los deberes del cole y el otro va a necesitar el doble… requiere una estrategia educativa diferente.

Entendiendo que hay inteligencias múltiples  y que si uno de tus hijos hace deporte cinco veces a la semana porque tiene habilidad para ello, el otro no tiene por qué hacer lo mismo, si no que puede optar por hacer teatro, pintura, música, ballet o lectura… Asumiendo que si uno de los dos, es impulsivo y extrovertido y el otro es introvertido, no merecen ni necesitan que les eduques igual.

Entonces… ¿no les educo en igualdad?

No es mismo “carne guisada” que “guisar la carne”. Educar en igualdad es totalmente necesario y poco tiene que ver con “educar igual”, aunque suene parecido. También es preciso educar en igualdad para que cada niño y cada niña entienda que el respeto no es cuestión de género, si no de calidad humana.

Educar en igualdad  implica favorecer la igualdad de oportunidades entre las personas sin distinción ni discriminación de género, implica entender y respetar los gustos y no condicionar hacia un color o un juguete determinado por llevar la “etiqueta” de hombre o mujer. Educar en igualdad implica enseñar a valorar a las personas por sus cualidades, y no por el tipo de ropa interior que deban comprar.

En resumen

  • Enseña a tus hijos que el amor es grande. Hazles saber que no hay dos personas iguales y que les quieres por sus similitudes, pero aún más por sus diferencias.
  • Explícales que hay que respetar a las personas, independientemente de dónde procedan, de su color de ojos, de su color de piel, de su altura, de sus gustos, de su orientación sexual o de su género.
  • Asegúrate que entiendan la importancia de la igualdad de oportunidades.
  • Permíteles que elijan a qué quieren jugar. No hay juegos ni juguetes sexistas, si no personas que etiquetan y diferencian.
  • Ayúdales a tener criterio, a decir “no” y a decir “si”. Y a respetarlo si lo escuchan.
  • Dales seguridad para señalar y denunciar a quien abusa.
  • Muéstrales que la buena educación es “a la carta”, y que a pesar de haber coincidencias, debe haber estrategias adaptadas a la necesidades individuales de cada uno de ellos.

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