Mi hijo me muerde. Me hace daño

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Tengo un bebé precioso al que le están saliendo los dientes y me muerde. Intentó utilizar con él remedios naturales y facilitarle una zanahoria del frigorífico para facilitar el proceso de dentición, tal y como recomiendas. Nos estamos arreglando bastante bien pero se alimenta con lactancia materna  y he sufrido dos mordiscos. Dos dolorosos mordiscos que me han dejado una pequeña herida que aún tiene que curarse.Mi pregunta es cómo debo reaccionar ante un caso así. Me han aconsejado que le riña y que le diga que me hace daño. ¿Qué debo decirle?

Intencionalidad de dañar

Puede ocurrir que estés jugando a peluqueras y tu hijo te de un tirón de pelo que te haga daño. También es probable que jugando al escondite, tu hijo choque contigo y recibas un golpe que duela. O incluso es posible que entre hermanos, comiencen un juego que termine porque uno de ellos se ha hecho daño.

Todas ellas son situaciones cotidianas en las que un niño hace daño a otra persona. No es nada raro que esto ocurra porque los niños, no siempre miden la fuerza o la distancia con la precisión del adulto. Sin embargo, la intencionalidad de dañar no suele aparecer antes de los seis años.

La edad

La edad del niño debe de condicionar la respuesta. Si decimos a un niño menor de seis años “me has hecho daño”, le estamos causando un sufrimiento emocional innecesario. Un niño que no desea dañar, no debe escuchar que ha hecho daño. No es beneficioso confrontarle con la realidad porque le confunde. Le genera dudas y se le abre una “puerta” que no está preparado para cruzar.

A partir de esa edad en cambio, un niño puede ser consciente de que sus actos pueden dañar. Lo más probable es que si ha herido a alguien, no haya sido con premeditación, si no que haya sido algo fortuito y sin querer. Conviene prestar atención al modo en que se ha producido el golpe, porque no es lo mismo una zancadilla intencionada que una zancadilla sin intención.

Pasados los seis años, se puede hablar con más claridad pero sin herir. No es lo mismo hablar desde el enfado o la rabia y decir “¡Pero qué daño me has hecho! ¡Ten más cuidado! ¡Mira que eres bruto! ¡Contigo no se puede jugar!” que entender que tu hijo no ha querido provocarte dolor y que tu respuesta puede ser más contenida y adecuada que no culpabilice con una frase como “Ay cariño, con ese golpe me he hecho daño. ¿Me ayudas a curarlo?”.

Si hago daño… soy malo

Antes de los 6 años, los niños otorgan gran importancia al bien y al mal. A los buenos y a los malos. A los héroes y a los villanos. No entienden que se puede ser bueno y hacer algo que no está bien. Decirle que puede lastimar a alguien puede enviar un mensaje erróneo que “descodifique” como “si hago daño soy malo”. Tu hijo debe crecer con la convicción de que es bueno. Cambia tus palabras y cambiarás tu mensaje.

Un bebé que está tomando pecho y ante un pinchazo que ha sentido en la boca, cierra la mandíbula con brusquedad como reacción a su propio dolor, es un niño que ha podido morder a su madre, pero que no ha querido hacerle daño. Si le reñimos y le decimos que nos ha dolido, no se sentirá entendido ni recogido en su propio dolor. Y tu hijo necesita sentir que empatizas con él, que le arropas, que le quieres incondicionalmente y que sus propias necesidades están por encima de las tuyas.

Un niño mayor de seis años, puede entender que es bueno pero que ha hecho algo que no agrada si tus palabras, tu mirada y tu actitud le acompañan para que lo sienta así. Ningún niño puede pensar que es bueno si sus padres no lo creen primero.

La respuesta

Si tú bebé te ha mordido, puedes mirarle a los ojos y decirle “cariño, eso no me ha gustado”. Puedes hablarle y preguntarle si le duele la boca, si quiere enseñarte sus dientes…  o si le apetece una zanahoria con la que “jugar a morder”. Si tu hijo te ha dado un tirón de pelo mientras intentaba peinarte, es preferible que le digas suavemente “me has dado un tirón” o “me gusta más cuando me peinas más suave”.

Si tu hijo te ha arañado jugando a “policías y ladrones” es preferible que le mires las uñas y le digas “¡uy! Tienes las uñas muy largas. Vamos a cortarlas para poder seguir jugando a gusto sin que se te enganchen”. No se trata de esconder el dolor, si no de no culpabilizar a quien aún no es consciente de que sus acciones pueden conllevar un sufrimiento ajeno.

Si hablamos de un niño mayor de seis años, podemos abrir nuestro corazón y expresar nuestra opinión con cariño y suavidad. Respetando sus ritmos y dándole estrategias para intentar que no ocurra de nuevo. Si jugando a pillar o al escondite nos hemos chocado, hay que entender que puede calificarse de “accidente” y que un discurso sobre movilidad no es necesario. Pero si el “choque” se ha producido al cruzar una puerta, podemos hablarle de que conviene evitar las carreras cuando se pasa una puerta para reducir posibles “encontronazos” en un futuro.

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