Mi hija no se va a rendir nunca, ¿sabes por qué?

Tengo una hija que empieza las cosas con ilusión, pero que no siempre las termina. A medida que avanza en ellas y surgen las dificultades o se requiere de un mayor esfuerzo, toda la ilusión inicial le parece poca y tiende a quedarse tranquila justificando el abandono con un “no es lo que pensaba”. Me preocupa. ¿Podrías orientarme?

Hay niños que tienen fuerza de voluntad, que tienen amor propio. Niños que saben superarse, que no se rinden. Niños que confían en poder, niños que se esfuerzan, que se entusiasman. Niños que en un partido de tenis corren a por cada pelota y se tiran si es necesario, porque saben que se van a levantar y van a seguir corriendo. O andando, pero que saben que van a seguir. Y seguir es importante. Seguir adelante es importante. Sin abandonar. Sin abandonarse.

¿Cómo se enseña a no rendirse?

Con amor. Con mucho amor. Un niño que va a por “todas” es un niño que se quiere, que se conoce, que sabe que confían en él, que vive sin presión, que tiene apoyos, que valora sus puntos fuertes pero que también acepta y aprende de los que no lo son. Es un niño que no conoce el “no puedo”, si no el “lo intento de otra manera”. Es un niño que no espera a que sus sueños lleguen, si no que los busca.

Un niño necesita que sus padres le quieran para poder quererse. Necesita que le digan todo lo que vale para que su autoestima crezca y se haga fuerte. Necesita que le digan lo bueno en alto y lo que no lo es tanto en bajo. Necesita que destaquen sus puntos fuertes para verlos porque el resto… los ve solo. Un niño necesita saber que puede hacerlo para poder hacerlo.

No sabía que podía hacerlo hasta que me lo dijiste

Y entonces ocurre la magia… “Lo intenté y lo hice”. Ocurre cuando hablamos sin dañar. Cuando aún riñendo, no perdemos el rumbo de dónde estamos y a dónde queremos que puedan llegar. Ocurre cuando no sólo le queremos, si no que se lo transmitimos en cada mirada, en cada sonrisa, en cada momento.

No es vivir en una “burbuja”, si no en un clima respetuoso que anime pero no presione. La presión la debe dar la vida, la experiencia. Los padres tenemos que acompañar pero no pisando delante, si no al lado cuando aún no sabe “andar” y detrás cuando ya ha aprendido. Detrás para cantarle o susurrarle que puede llegar donde quiera y que siempre hay una manera. Detrás para que sea él quien decida, quien asuma, quien aprenda. Detrás para explicarle que la suerte hay que buscarla para encontrarla.

Obligar nunca es bueno, pero si enseñarle a asumir la responsabilidad. Si un niño ha elegido ir los miércoles a clase de piano y se ha comprometido a hacerlo, -salvo casos justificados en los que el malestar sea intenso y condicione su bienestar- es sano que siga acudiendo y haga valer su palabra. Estará en nosotros averiguar qué sucede, motivar al niño y ayudarle para que no deje que una dificultad le quite la ilusión. En la vida hay que tener ilusiones. Hay que ilusionarse.

En cambio, si un niño acude a clase de piano por imposición, puede ocurrir que no le guste y no tenga ganas de ir. Entra dentro de lo posible. En ese caso, no se puede hablar de rendirse. Nadie se rinde de algo que nunca quiso hacer.

¿Cuándo enseñarlo?

A quererse hay que enseñar desde el primer día. A seguir adelante hay que enseñar desde el primer día. Enseñar con el ejemplo, con tu manera de decir y de hacer. Un niño que se quiere es un adulto que se quiere, un adulto que puede tolerar bien la presión y la frustración porque sus “cimientos” le sujetan y le colocan justo donde debe estar.

Una infancia llena de presión y de tensión no te hace manejarte mejor en ella. Te hace ahogarte. Tampoco el haber vivido ajeno a ella. Lo que de verdad sostiene es tener apoyo emocional y eso da fuerza para andar, para correr, para saltar y para “volar” cuando hace falta. Da fortaleza, tranquilidad, seguridad y serenidad para tomar una decisión y asumir su consecuencia sabiendo que el “barco” no se hunde porque está lleno de recursos.

Un niño nace esperando que le abraces, que le quieras, que le sepas entender y atender y que dibujes sonrisas de amor en su rostro y en su corazón. Nútrele mucho y bien, refuerza cada día su autoestima y sabrá que merece la pena. Sabrá buscar su camino y no rendirse hasta encontrarlo.

Los niños aprenden “sólos” si tienen un buen modelo al que imitar. Tú eres su mejor “modelo”.

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