¿Muerde? Te está pidiendo ayuda

diente-le salen los dientes

Estar en el parque y escuchar de vez en cuando un “¡no muerdas!” seguido de un “¡qué daño me has hecho!”, es habitual. Generalmente, al girarnos a mirar a la “zona cero”, solemos ver a una madre con un niño de entre nueve meses y dos años, edad que coincide casualmente con el proceso natural de la primera dentición infantil.

Los niños a esta edad, pueden morder porque les está saliendo algún diente y están molestos o porque se han sentido “heridos” y no lo han podido solucionar con otros recursos como el diálogo.

A estas edades no existe, en primera instancia, intencionalidad de morder, y menos aún de hacer daño, por lo que si esta es una conducta que se viene repitiendo en nuestros hijos, es una señal de alerta que nos puede indicar que conviene hacer un cambio de estrategia para solucionarlo.

Una de las cosas que les alivia y estimula sus encías, es proporcionarles una zanahoria de tamaño grande, que habremos guardado previamente en el frigorífico. El hecho de ofrecérsela a menudo cuando haya empezado con el proceso de dentición, le ayudará a tener un recurso sobre el que volcar sus mordiscos cuando lo necesite, bien porque está teniendo algún dolor o porque se siente molesto.

Reñirle mencionando la acción que está realizando, tiende a fijar la conducta aún más, por lo que es preferible indicarle una acción que sea correcta y positiva, y le ayude a sustituir la anterior, tal como “¡beso, beso, beso!”, mientras se le ayuda si es preciso, a que deje de ejercer presión metiendo uno de nuestros dedos en la comisura de sus labios con delicadeza.

Cuando nuestro hijo repita la conducta, volveremos a responder de la misma manera reforzándola después con palabras similares a: “cómo me gustan los besos”. Esto hará que nuestro hijo entienda la conducta deseada por parte de sus padres y sea la que, con un poco de práctica, sustituya por el mordisco. No debemos de olvidar seguidamente, ofrecerle algo que llevar a la boca como la citada zanahoria, que hará que nuestro hijo canalice en el alimento el mordisco.

Es conveniente que entendamos la importancia de no transmitir a nuestros hijos que nos están haciendo daño. Para ellos, especialmente a esta edad, somos lo más grande que tienen en su vida, por lo que, en ningún caso tienen intencionalidad de dañar, y sufrirán pensando que han podido herir a sus padres al tiempo que no entienden cómo ha podido suceder. Por tanto, debemos eliminar de nuestro lenguaje el tan oído “¡qué daño me has hecho!”.

Si la situación está ocurriendo con otra persona, o incluso con un niño en el parque, pasaría exactamente lo mismo, pues al no haber pretensión de herir, no tiene sentido que reciban un “sermón”, sino actuar con la estrategia anterior o como tratamos ya en el post ¿Seguro que le enseñas a no pegar?, cuando hablábamos de las agresiones entre iguales.

 

¿Has recibido algún mordisco? ¿Nos lo cuentas?

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