¿Le enseñas a ser un niño seguro o a ser cuestionado?

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Hola mamá. Hoy he sentido que has dudado de mí. Y no me ha gustado. Para mí, eres la más importante del mundo. Y me ha dolido. Me ha dolido mucho, en lo más profundo. Me ha hecho daño de verdad, porque te quiero con todo mi corazón, y para mí, quererte no entiende de dudas. Y me hace pensar, si tú me quieres, como te quiero yo. Y eso me asusta. Me asusta tanto, que me da miedo.

 

Así que mamá, por favor, confía en mí, no dudes. Espera siempre lo mejor de mí, mamá, y quiéreme cada día un poco más que el anterior, aunque te enfades, aunque estés cansada, aunque sepas que lo puedo hacer mejor…y que tú también. Sólo quiéreme porque si, porque lo sientes. No busques un motivo para quererme, sólo… siéntelo, como lo siento yo

 

A veces no somos conscientes de que nuestros hijos nos adoran. Se habla tanto del periodo “egocéntrico” y hay una opinión generalizada y errónea de que los niños no saben querer, que es fácil confundirse. La realidad es que para nuestros hijos somos lo más grande, somos su estabilidad, su seguridad, y las personas en quienes confían de forma incondicional. Tanto que si un padre le dice a su hijo de 2 años que ha hecho magia sacando una galleta detrás de su oreja, este no lo dudará ni un instante, y correrá junto a su madre para decirle que “papá hace magia”.

Si nuestros hijos no dudan de nosotros… ¿por qué les enseñamos que es correcto dudar de la persona que más quieres, preguntándoles 4 veces si se han lavado los dientes? o añadiendo “¿Seguro? No sé yo”, o insistiendo en si han ordenado su habitación, o si han hecho todos los deberes. Así les estamos transmitiendo que no confiamos en su palabra.

Los niños, necesitan saber que sus padres confían en ellos, por lo que es preferible supervisar sus acciones reformulando nuestras preguntas para que reciban un mensaje emocionalmente positivo. Por ejemplo;”¿te lavas los dientes y me enseñas lo limpios que han quedado?”, “¿te gusta cómo queda tu habitación ordenada? Confío en que la has dejado estupenda, ¿te apetece enseñármela?”, “Seguro que has hecho todos los deberes, porque tú sabes bien cómo se hacen las cosas, ¿quieres que los miremos juntos?

Es conveniente felicitarles si lo han hecho bien a la primera, y si no ha sido así, evitar comentarios similares a “ya sabía yo”, “si es que tengo que estar encima porque si no, no lo haces”… y sustituirlos por “bueno, bastante bien, pero sé que lo puedes hacer mejor”, y darles la opción de mejorar. Si nuestros hijos aún no son autónomos para hacerlo solos o sin supervisión, será una buena idea ofrecerles como estrategia resolutiva un modelaje, mostrando cómo lo hacemos nosotros, de manera que puedan imitar nuestra forma de hacerlo para mejorar la suya.

A quien se le quiere, se le respeta y no se le cuestiona ni se duda de su palabra

A los adultos no nos gusta que duden de nosotros, y tampoco a los niños. Tenerlo presente facilitará que cuando lleguen a la edad en la que es preciso cuestionarse “el mundo”, hayan aprendido que a quien se le quiere, se le respeta, y no se le cuestiona, ni se duda de su palabra. Ofrecerles este valor desde niños ayudará a que crezcan entendiendo la importancia de ser sinceros, y posibilitará un clima familiar más tranquilo y relajado, y unas relaciones sanas, en las que el diálogo y la confianza, sean la forma de resolver los conflictos.

Nuestra actitud afectará al grado de “distancia emocional” que se genere entre padres e hijos, pudiendo diferenciarse entre; hijos que se sienten cuestionados, y que prefieren no compartir muchas de sus vivencias y experiencias, porque entienden que en lo que aporten habrá un “pero”; y entre hijos que se sienten respetados y que tienden a ser más comunicativos e implicados en la dinámica familiar y que habrán desarrollado la habilidad para discriminar a las personas que son tóxicas para su bienestar emocional.

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