¿Por qué son importantes las emociones?

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Cada situación que vivimos, genera en nosotros diversas emociones que nos ayudan a entender cómo nos estamos sintiendo en ese momento. Dicho de otro modo, las emociones nos hacen conectar con nuestros sentimientos. Por tanto, el cómo nos sintamos ante un hecho condicionará la emoción que se genere.

Pero… ¿Por qué es importante conocerlas? Porque el comprenderlas va a posibilitar la interacción con “el mundo” de forma más receptiva y adecuada. Esto es, vivir con una mayor inteligencia emocional. Para entenderlas mejor es interesante saber que al nacer, se desarrollan de forma instintiva las siguientes emociones primarias: alegría, tristeza, miedo y enfado. Hay que tener en cuenta que estas se desarrollan en la amígdala del cerebro. De ahí la importancia de atender a los bebés de forma inmediata cuando lloran (véase el post “¿por qué llora un bebé?“). Pasados dos meses aproximadamente, los bebés, comienzan a adquirir emociones secundarias como son: vergüenza, sorpresa, amor y aversión. Todas ellas no dejan de ser emociones básicas que darán paso, al resto: amor, desprecio, serenidad…de las que hablaremos más adelante.

Comúnmente, se habla de emociones positivas para referirse a las que nos generan una alta autoestima y se tiende a pensar en emociones negativas cuando estas nos producen sentimientos que nos entristecen. Sin embargo, las emociones no son buenas ni malas sino necesarias. Es decir, conviene que estén porque realizan una función adaptativa ante las diversas situaciones. En cualquier caso, no es conveniente que se ignoren o se niegue que se tienen.

Un error para educar en inteligencia emocional sería negar las emociones que se están sintiendo; bien porque no se consideran adecuadas, bien porque no sabemos cómo elaborarlas o porque desconocemos lo que nos aportan. Lo emocionalmente sano es enseñar a los niños y niñas a identificar todas ellas y a gestionarlas. Esto fortalecerá a los niños y niñas de tal forma que les permitirá tener una mayor facilidad de aprendizaje y de adaptación.

Los niños y niñas desarrollan para su supervivencia una habilidad especial para percibir emociones así como facilidad para descifrar el lenguaje no verbal. Lo que es importante es no confundir a los niños y a las niñas. Así por ejemplo y poniendo un caso práctico en el que una madre está enfadada y su hijo le pregunta con preocupación si lo está. Si ella le contesta: “no, estoy cansada” puede generar confusión en el niño, pues lo que percibe no se corresponde con lo que su madre le dice. Así que este niño podría interpretar que lo que él entiende como enfado es cansancio.

No hay nada de malo en decir la verdad. De hecho, al hacerlo, el niño o la niña entenderá que también sus padres experimentan emociones y que estas se gestionan; que es algo que forma parte del día a día de la persona. Se ha de ser franco y decirle: “sí, estoy enfadada pero ya se me pasará. Las personas también nos enfadamos y hay que aprender a perdonar y hacer las paces”. Es una respuesta mucho más completa, sincera y que además enseñará a nuestros hijos el valor de la sinceridad y la propia gestión de las emociones, pues no se debe negar lo que se está sintiendo sino canalizarlo de forma adecuada.

 

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