¿Qué le ocurre a un niño cuando le obligas a comer?

Carta a una madre

Mamá, ahora que he crecido, quiero compartir una reflexión contigo. Que te obliguen a comer, es de las cosas más desagradables que hay. Sé que lo hacías desde la convicción de que era lo mejor para mí. Pero no, no soy mejor por haber tenido que abrir la boca, por haber tenido que masticar y por haber tenido que tragar no queriendo hacerlo. Soy más vulnerable por ello.

 

No fui más feliz por tener la tripa más llena si eso me suponía llorar, si eso me suponía sufrir. Si eso me suponía no sentirme ni respetada ni entendida. Tampoco lo soy ahora, recordando la angustia que sentía antes de sentarme a la mesa frente a ese plato que sabía que debía comer no queriendo hacerlo.

 

No pasé mejores ratos. Ni siquiera tengo buenos recuerdos de lo que suponía comer para mí, y me ha costado largos años asumir, que ahora sí soy yo la que puedo elegir, y que probablemente, no lo hago mejor por haber tenido que empezar a tener criterio cuando ya tengo una edad.

 

No recuerdo que haberme obligado a comer me hubiera hecho tener más ganas de acercarme a ti. Si recuerdo el dolor. Recuerdo el dolor de tripas tan intenso que llega cuando metes algo, que tu cerebro te dice que no debías haber metido. Pero también recuerdo el dolor que se siente por dentro. Y no, no se pasa enseguida por ser niña. Dura un poco más, sólo que lo exteriorizamos diferente.

 

Por eso ahora que soy madre no tengo ninguna duda de que daré a mis hijos la oportunidad de aprender. Les dejaré elegir. No se trata de comer Mamá, si no de aprender a comer, de disfrutar comiendo. De disfrutar las oportunidades que se generan en cada comida, de conocer, de hablar, de compartir, de entender, de cuidar, de bromear, de sonreír. Anteponer e imponer tacha todo eso, y yo no lo quiero tachar. Lo quiero subrayar.

 

Por eso te pido, que cuando comas conmigo, que cuando comas con tus nietos, dejes guardadas tus antiguas “recetas” en el cajón de los recuerdos, te unas a las nuestras y las disfrutes.

 

¿Qué siente un niño cuando se le obliga a comer?

Un niño siente dolor cuando se le obliga a comer. Siente que no se le respeta. Siente incomprensión. Siente que su opinión no cuenta. Siente que se le anula. Siente tanto… y tan poco bueno, que siempre es mejor un plato de macarrones menos, pero sonriente y feliz que un plato más de macarrones, pero triste y sintiendo que no se le quiere y no se le respeta. Y esto a veces… se nos “olvida”. En el momento a veces… se pasa “por alto”.

¿Comer o aprender a comer? ¿Cómo empezar?

Todos queremos que los niños aprendan a comer. Pero cuando se trata de dar el paso, a veces nos tiembla “el pulso”. A veces, nos entran dudas de si se estará alimentando suficiente y tomamos la decisión de ofrecerle puré “por si acaso”, de cantar, de bailar, de poner dibujos para que lo coma o incluso de metérlo en el biberón.

¿Es correcto?

Perpetuar la oferta del “puré” o de las “frutas batidas” por miedo a que no se esté alimentando suficiente o a que se atragante, puede hacer que perdamos el “tren” y se nos escape el momento idóneo de ofrecerle alimentos sólidos. La consecuencia puede dar lugar a niños que pasan años alimentándose a base de “batidora” lo que no sólo da lugar a una dentición que no se desarrolla como debiera, si no a niños infantilizados que no asumen la alimentación como algo agradable y que tienen dificultades para comer.

¿Cómo hacer el cambio?

Un bebé lactante recibe la leche con agrado, ya que, le proporciona alimento, placer y arrope lo que le hace sentirse cómodo y a gusto. Sin embargo, llega un momento en que empieza a sentir curiosidad por otros alimentos que ve en la mesa. Un momento en el que se empieza a plantear por qué sus padres comen otras cosas diferentes y aparentemente agradables y que siente necesidad de explorar su entorno también con la boca.

Alrededor de los seis meses, los niños pueden añadir otros alimentos para completar su dieta. Muchos padres optan por ofrecer a sus hijos la opción de semi sólidos -puré, papilla o fruta batida- y no darles posibilidad de probar cosas nuevas en otro formato. También venden “redes anti ahogo” en las que poner los alimentos de forma que nos aseguramos que el niño no come ningún trozo que le pueda ocasionar un atragantamiento.

Si probásemos una red de estas, nos daríamos cuenta lo desagradable que es y la experiencia poco placentera que puede generar un alimento por el simple hecho de haber sido ofrecido en un contexto de “tela”. Es algo poco natural que puede ocasionar rechazo. Los niños necesitan explorar con la comida. Necesitan tocarla, olerla, ver su color, su temperatura, su sabor y su textura. Y para ello necesitan utilizar sus manos. Necesitan manipular y necesitan poder tener cubiertos y un plato al que llevarlos.

Sentido común

Una madre se planteaba cómo enseñar a comer a su hijo de tres años. La pregunta era: ¿le dejas coger los cubiertos? Contestó que no. Se podía añadir: ¿Cómo pretendes que aprenda a utilizar cubiertos si no le dejas cogerlos?. Esto podría hacerse extensivo y plantear la siguiente pregunta: ¿cómo pretendes que coma sólidos si no se los ofreces?

El proceso

Los niños imitan a sus padres porque entienden que lo que hacen es correcto. Si lo que quieres es que tu hijo aprenda a comer, siéntate a comer con él. Ponte enfrente o al lado suyo y sirve lo mismo en tu plato que en el suyo. Hablále, participa de su exploración, sonríele, dile lo que está comiendo. No comas algo y cuando te lo pida le contestes “de esto tú no puedes”. Es frustrante. Si consideras que hay algo que no deba comer, solidarizate y no lo hagas delante suyo.

Sírvele trozos proporcionales a lo que pueda comer y no le riñas si al principio se le caen o los coge con la mano a pesar de tener cubiertos al lado. Está aprendiendo. Evita utilizar “lo haces muy bien” y sustitúyelo por “¡mira cómo comes!” o “¡anda cómo pinchas!” en señal de orgullo y aprobación. A medida que crezca y mejore sus habilidades de motricidad fina, irá familiarizándose con los cubiertos y mejorando su manejo.

Si con tres años aún no le dejas comer solo la sopa, no pretendas que con cuatro lo haga. Es un proceso que requiere práctica. Si con seis meses le has dejado intentarlo, probablemente con poco más de un año, sea capaz de hacerlo. La autonomía de tu hijo a la hora de comer, depende de ti. Hay unos baberos “manta” maravillosos que facilitan el proceso.

No ocultes tus emociones, pero ten en cuenta que tu sonrisa condiciona su comportamiento. Si lanza una croqueta al suelo y te ríes, probablemente lo repita buscando nuevamente tu aprobación. Si ve que te disgustas entenderá que es algo que no te agrada.

No le fuerces a comer. No le obligues. Déjale regularse. Déjale tener criterio. Ningún niño pasa hambre o deja de crecer mientras tenga comida en el plato. No se trata de “cebarle” si no de que aprenda, y no lo podrá hacer bien si intervienes en el proceso interfiriendo en su “nivel de saciedad”.

El proceso de aprendizaje que lleva un niño para iniciarse en la alimentación sólida es bonito. Ver un niño que apenas anda con una manzana o una zanahoria en la mano, siempre y cuando este contacto se produzca con supervisión, es sano, placentero y agradable. Disfrútalo con él.

Vigila los tiempos. Si no está comiendo, no le obligues a estar sentado esperando que pasado un tiempo lo haga. Si consideras que no va a comer más, no le obligues, no le grites. Es preferible dar por finalizada la comida. Si no tienes claro cuándo es ese momento, piensa que no es conveniente esperar más de 40 minutos. La temporalidad de los niños, no es como la de los adultos.

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4 comentarios

  1. Es cierto. Muchos de las dificultades de alimentación que tienen los niños y niñas, está asociado con el potente sentimiento de culpa que padres y madres sienten al no sentirse capaces de ofrecer a sus peques los nutrientes que necesitan.

    Recuerdo un caso, en el que fue necesario recomendar a una madre que haga análisis a su hijo, para contar con la certeza de que no necesitaba más que lo que estaba comiendo.

    Gracias a ello, se permitió relajarse y la comida pasó de ser -parafraseo- de “un infierno” a “una fiesta”. En conclusión, antes de hacer nada, es conveniente que los adultos nos miremos a nosotros mismos.

    1. ¡Hola!

      Si, a veces sin darnos cuenta podemos tender a “volcar” nuestros miedos, inseguridades y frustraciones en el modo de entender y enseñar a los niños formas adecuadas de comer. Lo importante es respetar, porque es la manera de no “pisar” y de dejar “florecer”. ¡Muchísimas gracias por la visita y por compartir vuestra experiencia!

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