Mi hijo, estrategias útiles

Sentada, con quien más quiero en mis brazos sonreía y pensaba… 

“Que nunca se me olvide qué es lo más importante. Que no se me olvide que tú eres lo más importante. Que no haya estrés, ni disgusto ni pena que haga sombra a lo que me das y me haces sentir. Que se pare el tiempo, para que pueda recordar que no debe haber frustración que se ponga en medio y mi cara te transmita lo que no quiero ni te debo decir.

Pensaba… que siga siendo niña, aunque sea por dentro y siga teniendo su inocencia, que le deja ser feliz. Que siga disfrutando de la vida, de cada momento, y que pueda vivir para verlo y para compartirlo con ella.

 

Pensaba… que siga sonriendo porque su sonrisa es la mía. Que se siga ilusionando. Que siga siendo, que siga creciendo. Creciendo pero sin correr, para que pueda disfrutar de ti mientras lo haces. Para que pueda ver tus ojos iluminando los míos, para que sentirte no sea rutina si no disfrute. Creciendo de forma que pueda apreciar cada sonrisa, cada emoción, de forma que me dé tiempo a mirarte y no sólo a ver cómo la vida se me pasa demasiado rápido a tu lado”.

Nos empeñamos en hacerles crecer, en enseñarles lo que es la vida. Nos esforzamos en que maduren, y a veces, no nos damos cuenta de que es la propia vida la que hace de escuela, que poner puentes donde no debe haberlos tiene el riesgo de estrangular su inocencia y de dejarles sin “paracaídas emocional”.

No somos ni debemos ser maestros que precipiten, si no padres y madres que guíen, acompañen y recojan. Si crees que tu hijo es inocente, déjale que lo sea. Será feliz conservando esa virtud. No tengas miedo de que le dañen porque crecer más rápido de lo que debe, aún le dañará más. No seas tú quien le exponga. Cuando esté preparado, se expondrá sólo. No le des lecciones para descubrir un truco de magia, si no recursos para que la viva, para que se ilusione con ella.

La frustración del adulto

Hay veces que la actitud de un hijo nos genera frustración. Sentir que no nos ha hecho caso, que no nos ha “obedecido” cuando le hemos pedido que ayude a poner la mesa, puede ser el detonante para que la rabia hable por nosotros.

Ver que tu hijo tiene criterio propio y que ha considerado más importante jugar que colaborar cuando así se le ha dicho, puede frustrar y llevarnos a hacer gestos o acciones que a ojos de los niños resulten agresivos. Los niños son tan visuales, y decimos tantas cosas con nuestra forma de colocarnos o de mirar, que siempre merece la pena analizar cómo lo hacemos para poder hacerlo mejor.

La crianza con educación emocional siempre ayuda

Dirigirnos a ellos con paso firme o con el ceño fruncido, situarnos invadiendo su espacio vital, mientras les recriminamos o les gritamos, son acciones innecesarias que intimidan y que les hace situarse en alerta. El lenguaje no verbal también marca la diferencia entre cuidar y descuidar. No seas tú quien active su alerta, quien rompa su inocencia, quien le haga crecer antes de tiempo, porque estarás minando su bienestar emocional, en definitiva estamos hablando de educación emocional.

¿Cómo resuelvo cuando siento frustración?

Enfadarte si tu hijo no te hace caso es sano, pero si tu respuesta no te permite contar hasta diez, probablemente obedece a la inmediatez del impulso que se siente cuando hay frustración o rabia. Pensar una solución adecuada ante un conflicto merece al menos diez segundos de tu tiempo y puede evitar reacciones dañinas como chantajear, claudicar, ignorar, castigar o gritar cuando le has dicho “pon la mesa” y no lo ha hecho.  Si quieres cuidar el bienestar emocional de tu hijo, es preferible buscar alternativas que nutren, educan y solucionan.

Estrategias para un niño que obedece

1 – Anticipar

“Cariño, en cinco minutos necesitaré que me ayudes a poner la mesa”. De ese modo, se da tiempo al niño para que “cierre” lo que esté haciendo y para que se vaya mentalizando que tiene que cambiar de actividad.

2 – Solicitar la ayuda

“Ya han pasado los cinco minutos. Necesitaría que me ayudases. ¿Te ha dado tiempo a terminar lo que estabas haciendo?”. El modo en que se pide condiciona su respuesta. No se trata de rogar, pero si de “no ordenar”. El modo imperativo no sólo no soluciona, si no que puede traernos más dificultades que apoyos. Es preferible tardar dos minutos en pensar y formular de manera adecuada que tardar veinte en reconducir. Busca estrategias que faciliten y que formulen con cariño.

3 – Educar con tolerancia

El “aquí y ahora” no siempre funciona. La temporalidad infantil no suele coincidir con la del adulto por lo que algunos niños pueden requerir un poco de “negociación” y necesitar dos minutos más para recoger o finalizar alguna actividad importante para ellos. Ten previsto un “margen de error”.

4 – Darle la responsabilidad

Verbalizar frases de apoyo como “qué contenta estoy de que me ayudes”, “qué ilusión me hace que seas tan responsable” o “qué bien que ayudes tanto” pueden facilitar que se sienta responsable de hacer lo correcto y que lo haga porque ha interiorizado que es la forma de hacer bien las cosas.

5 – Apoyar

Las cosas con humor y con una sonrisa se llevan mejor. Si se tiene la ocasión de colaborar, de cantar o de bailar mientras se hace la tarea es bueno que se haga porque se estará asociando con algo positivo y placentero y “sembrando para mañana”.

6 – Actuar si no hace caso

Si a pesar de haber tenido la oportunidad de colaborar de forma positiva, tu hijo no lo hace, es preferible que te acerques donde él, que te pongas a su altura y dándole la mano mientras le miras a los ojos le digas “me gustaría que me ayudases a poner la mesa para poder hacerlo más rápido y que nos dé tiempo a contar un cuento antes de dormir”. El contacto con tu hijo os acerca, y decirle las cosas mirándole a los ojos y tocándole hace que conecte contigo, que empatice y que todo sea más fácil entre vosotros.

7 – Reforzar de forma positiva

A todos nos gusta que nos digan cuándo hemos hecho bien algo. Los padres no sólo estamos para decir lo que hay que mejorar. Es preferible fijar la atención en lo que hacen bien, porque posibilita que se mantenga.

 Para cualquier duda puedes utilizar el recurso que ofrece educación emocional

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2 comentarios

  1. Hola Izaskun, la verdad es que lo que escribes me gusta, pero no puedo dejar de hacerte un comentario. El título y lo que parece ser el centro de la entrada se refiere a UN NIÑO QUE OBEDECE , y eso al final es el punto de vista del padre o madre o profesor y no termina de contribuir a dar ese cambio que supone precisamente “acompañar o guiar”. Obedecer mete en las ideas y finalidades del adulto. En mi opinión lo importante es crear un buen diálogo con el niñx y desde el diálogo, desde la igualdad, desde la proposición, se consiguen muchas cosas. Al menos eso es lo que sucede con mi hija de ahora 8 años. Realmente los momentos en que hay que apelar a la obediencia son muy pocos, y yo con mi hija casi me arrepiento de ellos, porque he conseguido más y mejor con el acuerdo que con la imposición.

    1. ¡Hola Antonio!

      Me alegra mucho que me hagas ese comentario porque efectivamente la educación emocional es un poco “anti obedecer” en el sentido estricto de la palabra. Se trata más bien de acompañar y lograr decisiones responsables entre otras muchas cosas.

      El título está más orientado a atraer a quienes aún piensan que ser hijo implica obediencia para luego a través de las líneas, dar pie a formas alternativas y más sanas de hacer. Es evidente que vas por buen camino.

      ¡Gracias por tu aportación!

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